ALONE IN THE DARK II
Solo en casa, interminables noches en vela. Terribles lamentos imaginarios
sesgan el viento en mitad de una pesadilla interminable. Fantasmas invisibles
que vagan en el interior de mi mente dominan los recuerdos de una mansión
maldita. Pensé que todo eso había quedado atrá
s. Me convencí¡ a mi mismo de que aquel día nefasto
en las tinieblas de Derceto no había sido sino un mal sueño
olvidado en lo m s profundo de mi subconsciente. Pero, el destino me
ha vuelto a jugar una mala pasada. De nuevo otra mansión embrujada
me espera, amenazadora, con las puertas abiertas, como dibujando una
sonrisa malévola en la fachada de piedra desgastada por el tiempo.
Una vez dentro... el terror, la oscuridad... La muerte.
Apuré mi whisky y sequé las gotas de sudor que recorrían
mi frente. Abrí¡ la ventana para recuperar el aliento pero
sólo conseguí¡ acabar de desordenar mi ya de por
si abandonado despacho. El telegrama cayó al suelo revoloteando
por la habitación y se detuvo ante de mi. Lo recogí¡
y lo releí¡ una y mil veces como queriendo evitar lo inevitable:
Striker estaba en peligro.
Había descubierto una vieja casucha encantada que se yergue a
la orilla de un escarpado acantilado. La Cocina del Infierno la llamaba.
Todos lo indicios parecían confirmar que allí¡ estaba
secuestrada la niña Grace Saunders. Jack el Tuerto es el propietario
de la mansión, un tipo de mala reputación, famoso por
sus negocios ilegales. Conociendo a Striker seguro que no iba a esperar
a que yo apareciese por allí¡ para intentar rescatar a
la pequeña. Sin pensármelo dos veces agarré mi
vieja pistola del 38 y saqué un billete rumbo a California. Con
un poco de suerte a lo mejor alcanzaría a mi colega antes de
que intentase alguna locura.
EN EL JARDÍN DE LA MANSIÓN

Striker no daba
señales de vida por ningún sitio.
Seguro que ese atolondrado aprendiz de héroe se había
metido en algún lío!. Afortunadamente esta vez había
venido preparado, as¡ que activé la bomba que llevaba en
mi maletín y la coloque delante de la puerta principal. El guardia
que protegía la entrada quedó atontado por la explosión
pero enseguida se recuperó. Por suerte mi trabajo como detective
me había permitido adquirir experiencia con los puños.
El pobre desgraciado cayó al suelo sin sentido, arqueando el
cuerpo mientras desaparecía entre una espesa nube de humo. El
corazón se me paró durante unas milésimas de segundo:
mi mente había desempolvado antiguos recuerdos de Derceto.
Sacudiéndome el miedo, recogí¡ una metralleta Thompson,
un cargador y un frasco regenerador que el zombie había dejado,
y avancé por el jardín. Otros dos matones se interpusieron
en mi camino pero no representaron ningún problema para mi nuevo
"juguete".
La puerta de la mansión estaba protegida por varios gánsters
armados con pistolas, as¡ que después de acabar con ellos,
aparté una estatua y entré en una especie de laberinto
que hacia las veces de jardín. Acabé con otro zombie y
recogí¡ la foto de una efigie junto a un libro que hablaba
de las hazañas de Shorty Leg, un sanguinario pirata miembro de
la tripulación de El Holandés Volante. Qué demonios
tenían que ver los piratas con todos estos gángsters?
Seguí¡ avanzando entre los arbustos, acabando con
los matones que se cruzaban en mi camino, mientras recogía

algunos
objetos útiles: un frasco, un par de cargadores y una cuerda
junto a un desproporcionado As de Diamantes. En lo m s profundo del
laberinto, encontré un gancho al lado de otras cuatro cartas
gigantes que representaban los cuatro
palos de la baraja francesa. Me acerqué al As de Diamantes y
éste se movió a un lado, descubriendo una entrada secreta
que conducía a un pasadizo protegido por un zombie al que doblegué
con un sólo golpe. As¡, me hice con un trozo cuaderno que
parecía pertenecer a Striker. Empujé un cofre y recogí¡
una extraña carta metá lica. En ese momento, un espeluznante
fantasma se abalanzó sobre m¡. Cuando conseguí¡
hacerlo desaparecer, dejó caer una vieja espada medio oxidada.
Coloqué la carta metá lica en el altar que había
al fondo de la sala y abrí¡ la trampilla que había
en el rincón
opuesto del pasadizo, apareciendo al otro lado del As de Diamantes que
había visto antes.
El laberinto parecía estar poseído por alguna fuerza maligna,
pues los setos adquirían la forma de horripilantes rostros semihumanos
que parecían espiar en la noche.
Incluso, unas viejas ramas vivas intentaron bloquearme el camino. Las
seccioné con mi espada y acabé con el ultimo matón
que protegía el acceso al corazón del laberinto. Su carcomida
pata de palo me recordó la historia del libro que había
leído...
Intentando no pensar en ello, recuperé un trozo de periódico
y otro frasco que me calmó las
heridas. La estatua era la misma de la foto, as¡ que lancé
el gancho con la cuerda a su brazo,
produciendo un chasquido que abrió la entrada de la fotografía.
Empecé a descender los escalones, pero en mitad del trayecto,
algunas escaleras se desmoronaron, dando con mis huesos en el suelo
de otro pasadizo secreto.
STRIKER MUERTO
Cuando me levanté, la metralleta y la pistola se cayeron al fondo
de un pozo, dejá ndome desarmado. Registré la zona y encontré
una moneda, una manivela y una bolsa de papel vacía. Allí¡
cerca, junto a una puerta metá lica, estaba el cad ver de mi
viejo colega Striker.
Ciego de ira, prometí¡ vengar su muerte mientras me apoderaba
de su limpiador de pipas y del otro trozo del cuaderno. Después
de unir los dos pedazos, conseguí¡ descifrar las ultimas
averiguaciones de Striker. Por lo visto, Jack el Tuerto, un monstruo
apasionado por la muerte y el juego en todas sus variantes posibles,
tenía en su poder a la niña. Striker había descubierto
unos pasadizos
secretos que recorrían La Cocina del Infierno y me aconsejaba
que tuviese en cuenta las partidas de póker que solíamos
jugar en la tardes lluviosas de invierno.
También descubrió cómo fabricaban whisky clandestino
en el sótano y lo sacaban a escondidas por una cueva que había
en el fondo de la colina.
Abrí¡ la puerta metá lica utilizando el periódico
y el limpiador de pipas y me adentré en una cueva repleta de
barriles de contrabando. Cerca de una de las aberturas que ciaba al
mar, había un vigilante. Observando una pequeña palanca
que había en el suelo y un barril que colgaba del
techo, se me ocurrió una idea: llené la bolsa de papel
con aire y la exploté cerca de la palanca. El vigilante se dio
la vuelta sobresaltado y se abalanzó sobre m¡. Cuando se
colocó en línea con el barril, empujé la palanca
y el pirata salió despedido, dejando un rifle, un frasco
regenerante y un libro de piratas. Registré la cueva, pero sólo
encontré un reloj y ninguna salida. Entonces, se me ocurrió
dar cuerda al carillón, activando un mecanismo que desplazó
los barriles
abriendo otro pasadizo. Por el camino encontré unos cartuchos
y un libro que contaba la vida de Music Man otro pirata apasionado del
acordeón que trabajaba para Jack el Tuerto. También le¡
con m s detenimiento el trozo de periódico, que resultó
ser el pacto con el diablo que el citado pirata había firmado
para alcanzar la inmortalidad.
Las cosas empezaban a tomar forma.
Cogí¡ un rudimentario ascensor y me encontré de
frente con el mismísimo Music Man, que disparaba con una pistola
camuflada en el acordeón. R ápidamente, rompí¡
el pacto en mil pedazos y el fantasma desapareció entre jadeos,
lo que me permitió apropiarme de su garfio.
En la sala contigua, encontré una tabla de lavar que podía
servirme como arma.
Cerca de una de las puertas, se oían disparos intermitentes,
as¡ que cargué el rifle y entré en lo que
parecía ser una sala de tiro. Acabé con dos gángsters
y recuperé otra caja de cartuchos. La sala estaba presidida por
una serie de dianas en forma de carta, junto a una puerta que no se
podía abrir. Recordando el pasadizo del jardín, golpeé
las cartas hasta colocar el as de diamantes en las cuatro dianas -a
base de puñetazos, las dianas giran de dos en dos cartas y con
el rifle de una en una-.
Inmediatamente, la puerta se abrió y un nuevo asesino apareció
dispuesto a acabar conmigo. Lo envié de vuelta al infierno con
ayuda de la tabla de lavar y entré en un pequeño cuarto
trastero donde se destilaba el alcohol.
Allí¡, había un manual de billar, una botella de
whisky y un libro que contaba la historia del cocinero T. Bone, famoso
por su destreza con la cerbatana. También localicé una
m quina tragaperras, as¡ que introduje la moneda y, a cambio,
recibí¡ dos fichas para jugar a la ruleta.
Al salir, un fantasma en paños menores estaba apoyado en la sala
de tiro, al lado de un saco. Como parecía borracho, le di la
botella de whisky, pera no lo resistió y desapareció dejando
libre el saco que contenía un traje de Papa Noel.
Me puse el disfraz para pasar desapercibido y subí¡ las
escaleras que me adentraron en el corazón de La Cocina del Infierno.
PIRATAS Y ESTANCIAS SECRETAS

Llegué
hasta el hall principal. Enseguida, apareció un enano vestido
de cocinero. Me escondí¡ y le seguí¡ hasta
la cocina, evitando a una estatua de Neptuno que parecía no perderme
de vista. En la cocina, recuperé fuerzas comiendo un par de huevos
fritos y recogí¡ una sartén. Al cabo de unos segundos,
apareció T. Bone, el cocinero de El Holandés Volante,
que me atacó con su cerbatana. Me defendí¡ con la
sartén y conseguí¡ reducirle. De este modo, me apropié
de una botella de vino que mezclé con el veneno que había
por allí¡.
Después, volví¡ sobre mis pasos y me acerqué
a la puerta situada frente a la estatua de Neptuno: introduje el vino
envenenado por la ventanilla y, r ápidamente, aparecieron otros
dos matones que cayeron muertos a mis pies. Entré en la habitación
ahora abierta, descubriendo un insólito órgano
automá tico. Lo puse en funcionamiento y empezó a sonar
una música que abrió las puertas del fondo de la sala.
As¡, me apropié de un doblón que había en
el suelo junto a un cargador y un chaleco antibalas escondidos en el
dormitorio contiguo.
La estatua de Neptuno me seguía pareciendo sospechosa, as¡
que me acerqué pegá ndome a la pared del lado izquierdo
para evitar su tridente. As¡, logré hacerme con su corona.
Alcancé las escaleras que llevaban al segundo piso.
Doblegué a otro g ángster que me disparaba con dos pistolas
y entré en la sala de juego. Allí¡ me esperaba el
pirata De Witt, un famoso jugador de billar del que hablaban los
libros. Después de pelear, lo mandé de vuelta a las tinieblas,
apropiá ndome de una pistola Derringer, una espada en forma de
palo de billar, un trozo de manuscrito y un libro que contaba la historia
de El Holandés Volante y varios miembros de su tripulación.
Me llamo la atención una puerta bloqueada detrá s de un
armario y una m quina repleta de agujeros. Seguí¡ explorando
el segundo piso hasta que entré en un gran dormitorio. En una
de las esquinas, dos manos que empuñaban sendas espadas parecían
proteger un valioso objeto.
Con ayuda del palo de billar conseguí¡ hacerlas desaparecer
y añadir a mi inventario el otro trozo del manuscrito. Después
de unirlos, descubrí¡ lo que parecía un acertijo:
"Si la reina blanca busca el trono, el rey deber coronarla. El amuleto
es la clave para alcanzar una nueva
dimensión".
Meditando sobre el mensaje, me acerqué al busto de m ármol
que había allí¡. Le coloqué la corona a la
dama y me dirigí¡ a la sala lateral, que parecía
ser el laboratorio de un brujo. Encima de la baldosa en forma de pentagrama,
había un extraño amuleto. Al intentar cogerlo, perdí¡
el conocimiento y, sin saber cómo, aparecí¡ en el
tico.
Me adentré en una gran sala y acabé con otros dos gángsters,
recogiendo una granada, una llave y una metralleta oculta en un cofre.
En una de las habitaciones cercanas, localicé una bonita caja
sorpresa con la cara de un pirata que, por su parche, debía ser
Jack el Tuerto.
Introduje el doblón en la ranura y conseguí¡ un
pompón de lana. Cerca de ese lugar, un extraño payaso
yacía tumbado en el suelo. Cuando me acerqué a ‚l, cobró
vida y me miró con cara de pocos amigos.
Pronto me di cuenta de que iba detrá s de uno de mis objetos,
as¡ que lo lancé hacia la puerta del observatorio.
El payaso corrió detrá s de ‚l, pero fue atacado por las
serpientes que se encontraban por ah¡, dejá ndome el paso
libre para llegar hasta la chimenea.
Lancé la granada por el agujero; si había algún
zombie allí abajo, seguro que iba a llevarse una buena sorpresa.
Seguidamente, me introduje por la chimenea y aparecí¡ en
la sala del piano. Allí¡, me esperaban no uno, sino tres
gángsters a los que tuve que enfrentarme escondiéndome
y disparando mis armas. Como era muy difícil acabar con ellos,
cogí¡ la bola de billar del árbol de Navidad y sal¡
corriendo
hacia el segundo piso. Tenía la impresión de que ya había
registrado toda la casa, pero la niña no aparecía por
ningún lado. Sin saber qué hacer, me dirigí¡
a la sala de billar e intenté jugar una partidilla con la bola,
pero fue imposible. Casi por azar la introduje en la maquina que había
al lado de la mesa activando algún artefacto oculto que movió
el armario del fondo, dejá ndome abierta una nueva entrada secreta.
Utilicé para abrir la puerta y me adentre en una habitación
a oscuras.
Enseguida, se oyeron unos ruidos de fondo, pasos, un golpe, y de nuevo
la luz: Jack el Tuerto me había capturado.
HISTORIA DE UN ZOMBIE

Miré
a mi alrededor y descubrí¡ que estaba en una celda en la
habitación del capitá n Jack el Tuerto. Había seguido
mis pasos y hacía tiempo que estaba esperá ndome. Mientras
reía complacido, me contó una increíble historia.
Al parecer, en 1724, el entonces capitá n de un pequeño
barco pirata tuvo un extraño sueño: el de una mujer que
desesperadamente le pedía ayuda. Guiado por estos pensamientos,
buscó por todos los mares una fragata de guerra llamada El Holandés
Volante. Después de librar una cruenta batalla, los piratas se
apoderaron del barco y tiraron al capitá n por la borda, que
murió repitiendo una
maldición: "Morir s bajo el acero de mi espada, Jack el Tuerto".
En la bodega, no encontraron ningún botín, excepto una
bella mujer llamada Elisabeth Jarret, una especie de bruja versada en
las oscuros ritos del vudú. En poco tiempo, se hicieron inseparables,
obteniendo a través de ella la
inmortalidad. As¡ fue como El Holandés Volante se convirtió
en el terror de los Siete Mares durante casi un siglo, hasta que en
1824 encalló en una cueva al sur de California.
Los piratas construyeron una mansión en la cima de la colina
que llamaron La Cocina del Infierno, mientras sembraban el terror en
todo el Oeste Americano haciéndose pasar por pistoleros. Sin
embargo, para mantener el pacto con el diablo, cada cien años
tenían que sacrificar a una niña. Esa era la razón
por la cual habían secuestrado a Grace. Lamentablemente, yo iba
a correr la misma suerte.
Mientras Jack recordaba su siniestro pasado, la pequeña Grace
escapó corriendo por la puerta entreabierta. Jack la siguió
dejá ndome solo, cosa que aproveché para escapar de la
c árcel con ayuda del garfio. R ápidamente, bajé
al primer piso e intenté localizar a la niña, pero Elisabeth
Jarret apareció cuando estaba en el hall principal, lanzá
ndome una maldición que me hizo perder el conocimiento.
Cuando desperté, estaba encadenado en la bodega de un barco pirata.
Elisabeth se mostró tan comunicativa como Jack el Tuerto y me
contó como viajó a Haití¡ y se inició
en el vudú, utilizá ndolo para asesinar a su patrón
por tratarla como una esclava. Después, fue llevada prisionera
al
Holandés Volante, pero gracias a sus poderes, consiguió
establecer contacto con la mente enfermiza de Jack el Tuerto.
Cuando acabó con la charla, Elisabeth desapareció, dejá
ndonos a Grace y a m¡. La única posibilidad que teníamos
era que la niña encontrase la llave de las cadenas que me mantenían
prisionero. Sin pensá rselo dos veces, Grace movió un
pequeño panel de la pared de madera y se coló por ‚l.
Decidida, desapareció entre las sombras en busca de la llave...