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Space Quest 1: EGA

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Guía de Space Quest 1: EGA
Guía añadida por Administrador el 2003-10-03


Procedo de una lejana galaxia llamada Earnon, a miles de años-luz de vuestro sistema solar. Tras muchos siglos de prosperidad, las cosas comenzaron a torcerse. No fue sólo por la corrupción del gobierno -algo frecuente también en vuestro mundo, según tengo entendido-, además, la estrella que proporcionaba luz y calor a Xenon había comenzado a extinguirse.
Para impedir que la vida desapareciera, nuestros científicos diseñaron y construyeron un aparato llamado "Generador de Estrellas". Con él, pretendían convertir un planeta muerto en un sol que devolviera la esperanza a Xenon. El generador fue embarcado en el laboratorio espacial Arcada y enviado en misión experimental para realizar pruebas sobre su eficacia.
Aunque parezca mentira, lo cierto es que el generador demostró funcionar perfectamente y el Arcada decidió poner rumbo a Xenon para utilizarlo con el último de los planetas de su sistema. Desgraciadamente, una raza de piratas espaciales, conocida como Sariens, antiguos habitantes de Earnon que fueron expulsados de la galaxia por sus belicosas costumbres, interceptaron el mensaje que el Arcada había enviado para anunciar su regreso.
Yo era uno de los tripulantes -no precisamente el comandante jefe sino más bien uno de los conserjes- y tuve la feliz ocurrencia de quedarme dormido en el cuarto de las escobas. Digo feliz porque cuando, despertado bruscamente por un terrible estruendo, abandoné el cuarto para salir al pasillo, me encontré con varios compañeros muertos y los paneles de alarma en señal de alerta roja. Había comenzado una cuenta atrás de quince minutos antes de la autodestrucción de la nave. Durante mi sueño, durante un sueño que me salvó de la muerte, una de las naves de guerra de los Sariens, el Deltaur, había atrapado al Arcada y ahora la nave estaba bajo el control de los piratas.

LA HUIDA DEL ARCADA
Dejando atrás mi cómodo escondite, caminé hacia la izquierda cruzando una gran sala, hasta que encontré un compañero muerto que tenía en su poder una tarjeta-llave que, evidentemente, ya no necesitaba. Varias veces fui alertado por un ruido de pisadas y en cada una de esas ocasiones me dirigí al ascensor más próximo para no ser observado por los soldados Sariens. En el piso inferior, se encontraba la puerta que conducía al Generador de Estrellas. Los piratas habían matado a los dos ingenieros que lo custodiaban y lo habían trasladado a su nave, dejando únicamente detrás de ellos una especie de imán.
Regresé a la gran sala que había cruzado antes un hombre, que enseguida reconocí como uno de los científicos del proyecto del generador. Este abrió la puerta opuesta y cruzó tambaleándose la habitación hasta desplomarse. Corrí hacia él y comprobé que un disparo láser le había perforado el vientre. Nada podía hacer por salvarlo, pero, antes de expirar, el desdichado elevó la vista hacia las estanterías llenas de cartuchos de datos y murmuró el título de uno de ellos.
Sentado en la consola del terminal de control, tecleé los cuatro códigos que correspondían al título que acababa de escuchar, siguiendo la tabla de traducción que siempre llevo conmigo. Un obediente robot recogió el cartucho en cuestión desde las estanterías y me lo entregó.
Volví a las proximidades de la puerta que conducía a la habitación del generador, pero esta vez continué caminando hacia la derecha y, pasando por debajo de la sala del terminal, alcancé un nuevo ascensor que me condujo al nivel inferior del Arcada. La primera sala no parecía contener nada interesante. Pero, poco después de poner los pies en la segunda, un rumor de pasos me hizo comprender que esta vez no tendría tiempo para cruzar la sala antes de ser sorprendido por los Sariens. Entonces, decidí esconderme rápidamente detrás de una extraña estatua, que luego reconocí como la reproducción a gran tamaño de un ratón de los que utilizáis en vuestro mundo para controlar los ordenadores. Una patrulla de soldados Sariens entró en la sala, pero volvió a marcharse al no encontrar nada extraño.
Abandoné rápidamente la habitación y en la próxima activé los controles de apertura de las puertas del hangar. Introduje la tarjeta-llave para abrir la puerta de un nuevo ascensor.
Me encontraba en la antecámara de acceso al hangar, donde la pulsación de cierto botón reveló la presencia de un cajón con un extraño aparato en su interior. Me puse el traje espacial que encontré en un armario, abrí la puerta de acceso y me introduje rápidamente en la cápsula de salvamento. Tras abrocharme el cinturón de seguridad, pulsé el interruptor situado más a la derecha para poner en marcha los motores y empujé hacia atrás la palanca principal. Cruzando sin problemas las puertas abiertas del hangar, la pequeña cápsula abandonó el moribundo laboratorio espacial.
¡Justo a tiempo! A los pocos segundos de alcanzar el espacio abierto, la nave de los piratas liberó al Arcada, la cuenta atrás de autodestrucción llegó a cero y el laboratorio espacial desapareció tras una terrible explosión. Yo estaba a salvo, pero los Sariens tenían en su poder el Generador de Estrellas y podían utilizarlo con fines de destrucción, unos fines muy diferentes a aquellos para los que fue diseñado.

EL PLANETA DE ARENA
Me quedaban dos botones por pulsar, de modo que me decidí por el de la izquierda y, repentinamente, la computadora de navegación construyó una imagen holográfica de un planeta para mí desconocido. Antes de alcanzar la velocidad de la luz y entrar en ruta automática hacia ese planeta, pude leer su nombre en la pantalla: Kerona. Lamentablemente, el aterrizaje estuvo lejos de poder calificarse como perfecto. Los instrumentos quedaron completamente inutilizados y la cabina casi destrozada, así que me desabroché el cinturón y abandoné la cápsula destruida. Me encontraba rodeado por arena, en un inmenso desierto sin rastro de vida civilizada. Antes de abandonar definitivamente la nave, cosa que hice hacia la derecha lo más cerca posible del borde superior, recogí un trozo de cristal de la cabina y un maletín de salvamento que contenía un cuchillo multiuso y un frasco de agua deshidratada.
Me encontraba junto a los restos de lo que debió ser un gigantesco reptil. Recogí unas extrañas flores pegajosas y caminé hacia la derecha hasta las proximidades de lo que parecía ser el cráneo del enorme animal. Una inexplicable intuición me llevó a detenerme durante unos segundos. Estaba casi seguro de que algo iba a suceder. En efecto, ante mis ojos se materializó una esfera metálica de la que se desplegaron unas patas: era una mortífera araña robot, enviada por los Sariens con el único propósito de destruirme.
Enloquecido por el terror, me introduje en el hueco que parecía abrirse en el interior del gigantesco cráneo y llegué a una cueva en la que un extraño monstruo me miraba amenazante. En algo parecido a un instante de iluminación, decidí esconderme detrás de unas rocas junto a la entrada de la cueva y contemplé, atónito, el inesperado espectáculo. La araña robot, atraída por la presencia de vida, se lanzó contra el monstruo y explotó junto a él. ¡Había matado dos pájaros de un tiro! Después de recoger un hueso, único resto del monstruo, salí de nuevo al exterior y, atraído por un signo en lo alto del enorme esqueleto, decidí llegar hasta él recorriendo toda la longitud del mismo. Comencé por el extremo opuesto, pero poco antes de alcanzarlo, un agujero se abrió bajo mis pies y me vi cayendo por un largo túnel artificial.

LAS CAVERNAS DE KERONA
Tras reponerme de la terrible caída, observé que me encontraba en una caverna subterránea, junto al extraño ascensor que me había traído hasta allí, extraño porque succionaba en lugar de elevar. Arranqué una estalagmita y caminé hacia la izquierda. Nada más acercarme a una reja metálica, retrocedí despavorido para evitar que una extraña criatura de largos tentáculos me atrapara. Cuando me encontraba a una distancia más que aceptable, lancé hacia ella las flores pegajosas. La criatura fue víctima de su curiosidad, sus tentáculos quedaron pegados a las flores como moscas a la miel, y yo pude continuar mi camino sin ningún peligro.
Una puerta hexagonal cerrada era un nuevo signo de vida inteligente, que pude superar fácilmente colocando la estalagmita en un pequeño géiser situado a su izquierda. Dejando atrás un charco de ácido, alcancé una barrera de rayos entre dos pequeños monolitos, que inutilicé al colocar el trozo de cristal en el centro de los rayos. Estos se reflejaron en el cristal y acabaron por destruir los pilares de los que surgían.
Ahora, el camino era en sentido contrario, pero tuve que calcular con la máxima precisión mis pasos para evitar ser alcanzado por las gotas de ácido que habían dejado unas claras marcas en el suelo. Examinando mi inventario, observé que el objeto que había encontrado en un cajón del Arcada era un traductor simultáneo y decidí activarlo antes de abandonar la cueva.
Una sala, al principio oscura, se iluminó súbitamente con la aparición de una gigantesca imagen. Hablando en un idioma para mí desconocido, que pude entender gracias al traductor, la imagen me explicó que sabía la necesidad que tenía de encontrar un vehículo para salir del planeta. Estaba dispuesta a ayudarme si yo, a cambio, destruía a un peligroso monstruo de la superficie llamado Orat y le traía una prueba de su muerte. La casualidad estaba, una vez más, de mi parte. Tras dejar caer el hueso, que recogí en la cueva, la sala se llenó de la luz procedente de una puerta que me apresuré a cruzar.
Me encontraba en una curiosa habitación ocupada, en su mayor parte, por un mecanismo generador de energía. Una criatura de cuatro brazos me explicó que pertenecía a una raza pacífica de Kerona. Me ofreció un rastreador con el que podría atravesar el desierto hasta Ulence Flats, un lugar habitado donde conseguir un vehículo que me permitiera abandonar el planeta.
Antes de marcharme, introduje el cartucho de datos en un ordenador. En él, descubrí un mensaje de los ingenieros del proyecto. Estos explicaban que el cartucho contenía toda la información necesaria para construir un nuevo Generador de Estrellas y añadía un código de cuatro cifras, que me apresuré a anotar. Recogí de nuevo el cartucho, me puse a los mandos del rastreador y a los pocos minutos ya estaba en mi destino.

NEGOCIOS EN EL DESIERTO
Ulence Flats era una especie de oasis en medio del desierto y el rastreador agotó su energía justo pocos metros antes de alcanzar un bar. Al descender del aparato, un tipo con aspecto bastante sospechoso examinó con atención el rastreador y se ofreció a comprármelo a cambio de 25 buckazoids. Pero, yo decidí declinar amablemente la oferta. Retiré las llaves del aparato para evitar disgustos y me dirigí hacia la derecha, donde encontré un buen número de buckazoids en un montón de basura.
De regreso a la puerta del bar, el desconocido volvió a insistir, pero esta vez su oferta fue mucho más generosa: treinta buckazoids y un jetpack usado. Después de cerrar el trato y darle las llaves, este individuo me entregó, además, un cupón de descuento para la tienda de robots y otro cupón que podría cambiar en el bar por cinco buckazoids y una jarra de cerveza.
Era el momento de bajar al bar, donde me encontré con una variopinta fauna intergaláctica que no parecía, en absoluto, amistosa. Me acerqué a la barra y entregué el cupón al camarero, recibiendo a cambio el dinero y la cerveza. Después de dos cervezas más, que tuve que pagar de mi bolsillo, escuché una conversación entre dos alienígenas que atrajo rápidamente mi atención. En ella, hablaban de la explosión de un planeta, algo que reconocí al instante como obra del Generador de Estrellas, y señalaban las dos letras identificativas del sector en el que tuvo lugar el fenómeno. No cabía ninguna duda: el Deltaur, la nave de los Sariens, se encontraba en ese sector haciendo pruebas con el generador.
Un rayo fulminó a la criatura que jugaba con la máquina tragaperras y decidí ocupar su lugar. Aún sabiendo que la combinación de tres calaveras me haría correr la misma suerte, probé fortuna hasta conseguir unos 250 buckazoids. Una vez fuera, decidí ignorar la oferta de un sujeto de pésimo aspecto imaginando, con toda la razón, que se trataba de una trampa.
En la tienda de vehículos usados, un vendedor con aspecto de escarabajo intentó colocarme una nave de pinta sospechosa. Por tanto, yo mostré mi interés no por ella, sino por otra mucho más interesante situada algo más al norte. Su precio era de 214 buckazoids y, dado que el vendedor no estaba dispuesto a regatear conmigo, decidí pagarle la suma que me pedía.
No podía embarcar aún, pues necesitaba un androide navegante, así que me dirigí a la tienda de robots usados y entregué el cupón al vendedor para obtener un 20% de descuento. Localicé en la pantalla el que necesitaba, un NAV-201, y lo recogí en el almacén. Ahora, nada me impedía ponerme a los mandos de mi flamante nave, acoplar el androide y escapar de Kerona.

EN LA NAVE DE LOS SARIENS
Una vez en el espacio, el robot me preguntó el lugar al que deseaba viajar, de modo que localicé, en mi manual de bolsillo, el código de cuatro símbolos correspondiente al sector del que había oído hablar en el bar. Unos segundos de viaje a la velocidad de la luz me trasladaron a las inmediaciones del Deltaur, la nave de los Sariens donde se encontraba el Generador de Estrellas.
El autómata se ofreció a escapar antes de que fuéramos observados por la nave, pero opté por encarar el peligro de frente. Salí de la cabina y el jetpack me permitió alcanzar la gigantesca nave enemiga. Un interruptor, situado sobre la cubierta, me ayudó a abrir una compuerta e infiltrarme en el interior del Deltaur. Sin apenas darme cuenta, me había metido en la verdadera boca del lobo.
Me quité rápidamente el jetpack, que acababa de averiarse definitivamente y había empezado a echar humo y, alertado por un rumor que escuché detrás de la puerta, decidí esconderme junto a ella. A los pocos segundos, un androide de limpieza abrió la puerta y entró en la sala para recoger los restos del jetpack, momento que aproveché para abandonar la habitación y cerrar la puerta a mis espaldas.
La siguiente sala estaba ocupada, en su mayor parte, por lo que parecían dos enormes cajas fuertes. Empujé un cajón para poder alcanzar una rejilla de ventilación y me introduje por ella, tras abrirla con el cuchillo. Una vez en las tuberías, me arrastré hacia adelante y tomé la primera bifurcación a la derecha hasta alcanzar una nueva rejilla que logré abrir casi sin esfuerzo.
En la nueva habitación, me llamó la atención una especie de gigantesco microondas. Abrí su puerta y me introduje en él, momento en el que un oficial Sarien entró en el cuarto, se quitó la ropa, la metió en la máquina y la puso en marcha. Lo que parecía un microondas era en realidad una moderna lavadora que comenzó a dar vueltas conmigo en el interior. Cuando finalmente se detuvo -afortunadamente antes del centrifugado-, me dí cuenta de que había intercambiado mis ropas por las del oficial Sarien. Nuevamente, la casualidad estaba de mi lado. Después de recoger el cartucho de datos, lo único que quedaba en los bolsillos de mi antiguo traje, y la tarjeta de identificación del oficial, abandoné la sala confiando en que mi disfraz me permitiera circular por la nave sin ser molestado.
Pronto comprobé que el oficial al que había tomado prestado el uniforme debía ser de muy alta graduación, ya que todos los Sariens que se cruzaban conmigo me saludaban con respeto. Llegué a una sala con dos ascensores y tomé el de la izquierda. Caminé en esa dirección, entré en un nuevo ascensor y me dirigí hacia la derecha hasta que pasé por encima de una sala, donde un impresionante guerrero Sarien custodiaba el Generador de Estrellas. Debía acabar con el generador para impedir que los piratas espaciales lo convirtieran en un arma de destrucción. Pero, de momento, tenía las manos prácticamente vacías.
La próxima habitación era la armería, controlada por un robot parlanchín que solicitó mi tarjeta de identificación para saber cuál era el arma que me correspondía. Aproveché rápidamente su ausencia para coger una de las dos granadas que había sobre un mostrador y regresé a mi lugar antes de que el autómata volviera trayendo consigo una original pistola de rayos.
Desde lo alto de la sala del generador, lancé la granada contra el guerrero y lo dejé fuera de combate. Entonces, decidí volver sobre mis pasos para alcanzar la parte inferior de la sala. Sin embargo, un estúpido accidente y la extrema eficiencia de un androide de limpieza me hicieron perder el casco de mi uniforme. En estos momentos, me encontraba totalmente a merced de mis enemigos y tendría que luchar contra cualquier Sarien que se cruzara en mi camino.
Abriéndome paso con dificultad, llegué finalmente a la sala del generador. El guerrero tendido en el suelo tenía en su poder el control remoto del campo de energía que lo protegía, de forma que activé el control y conseguí hacer desaparecer la barrera. Me acerqué al generador y, utilizando un teclado numérico, introduje el código de cuatro cifras que había apuntado después de visualizar el contenido del cartucho de datos.
Otra vez una cuenta atrás, esta vez de cinco minutos, marcaba el tiempo que quedaba hasta la autodestrucción del generador.
Regresé hasta el ascensor que me había traído a este nivel, acabé con el Sarien que custodiaba el acceso al elevador de la derecha y alcancé el hangar de salvamento del Deltaur. Ante mis ojos una pequeña cápsula apareció como la única posibilidad de salvación, de modo que me puse a sus mandos sin perder un instante.
A los pocos minutos de alcanzar de nuevo el negro y acogedor espacio, la nave de los Sariens, con el Generador de Estrellas en su interior, hizo explosión. Se destruyó, con ella, la posibilidad de que los piratas utilizaran el poder del generador con fines belicosos. En mi bolsillo, tenía un pequeño cartucho con el que los científicos de Xenon podrían construir un nuevo aparato que trajera la esperanza a mi planeta.